Poco tiempo pasó para que yo cometiera la misma tontería, pero... ¿cómo no caer si las palabras tienen su encanto? Dicen que no es lo mismo conocer el camino que recorrerlo, y hasta cierto punto yo lo conocía porque había observado la ruta que tomaban mis amigas, los atajos que mis amigos mañosamente construían y hasta las piedras que uno se podía topar. Tal vez la ingeniería de las emociones modificó lo que la lógica de mi observación percibió como algo obvio y fácil de andar. Fue como si entusiasmaran a un pequeño gato con la típica bola de estambre y su instinto de alerta quedara anulado por un momento..
Moraleja: no sólo basta con abrir bien los ojos, también hay que cerrar los oídos.